viernes, octubre 26, 2007

Los amores de Quelif, última producción silente en Colombia


© Leonidas Arango
Periodista (Instituto Internacional de Periodismo Werner Lamberz, Berlín).
Historiador (Sociedad Colombiana de Historia de la Medicina).

Cualquier mala película de diversión de hace medio siglo nos dice más sobre la gente, las costumbres y el modo de vivir de la época que muchos libros de antropología descriptiva.
Bajo la capa de lava y ceniza del tiempo buscamos los frescos de lo que fuimos, de lo que dejó de ser y de lo que continúa siendo.

Luis Alberto Álvarez
Páginas de cine.

Como muchos sitios de Colombia, El Líbano, Tolima, recibió a comienzos del siglo xx la visita esporádica de exhibidores de cine que iban de pueblo en pueblo cargando a lomo de mula sus proyectores de manivela y sus generadores portátiles. Ningún documento registra los nombres de las películas mudas y titilantes que proyectaron sobre la pantalla improvisada, única ventana al mundo para una aldea sembrada entre siete montañas. El cine de pueblo, hermano de la feria y el circo, sembró entre el público la afición por la novedad técnica que prometía revolucionar la cultura y la diversión.

Las proyecciones se hicieron frecuentes y llegaron a convertirse en necesidad de los sábados, que eran los días del mercado grande. El semanario liberal Cortafrío nos dejó un testimonio de la primera proyección formal de una cinta en la localidad, que tuvo lugar el 14 de junio de 1913:

Muy concurrido y muy bueno estuvo el cine el sábado pasado. Felicitamos a los Empresarios y les deseamos muchas ganancias; por nuestra parte, concurriremos a las funciones, mientras tengamos pesetas, ya que la Empresa no nos ha enviado la tarjeta de cumplimiento que las compañías del mismo género acostumbran obsequiar a los periodistas.

Tenemos, entonces, que el cine arrancó en firme en El Líbano el 7 de junio de 1913. No se sabe con cuál cinta, pero sí que fue proyectada en un ruedo de madera construido para corridas de toros. Pocas semanas después, el 12 de julio, surge una advertencia desde La Cordillera, órgano local del conservatismo y bajo la enérgica orientación del párroco:

Señores empresarios del Cine América: Por respeto a nuestra ciudad, por el bien de la misma empresa, les suplicamos respetuosamente no repitan la exhibición de películas inmorales, que esto además de ofender el pudor de nuestras damas, sólo sirve para distracción de los libertinos y medio de corrupción de la juventud.

Y a los tres meses de la inauguración todavía quedaban cuentas por cobrar, como lo expresa el 6 de septiembre el semanario La Idea, el vocero del Partido Liberal en el pueblo.

Rogamos a las personas que todavía deben palcos de la primera función de cine, se sirvan cubrirlos al Administrador de este periódico.

El 8 de noviembre volvió a la carga La Cordillera:

Cine América. Hacemos saber a los Conservadores del Municipio que la empresa con que encabezamos estas líneas, y que ha venido deleitando a nuestro público con sus funciones cinematográficas, de propiedad de los señores Jadet, Mustafá & Cª, es empresa netamente política, como que el fin que se propone, es adquirir fondos para la Imprenta liberal y cementerio laico. Sentimos verdaderamente que esta empresa haya tomado ese carácter, pues nosotros forzosamente tenemos que abstenernos de asistir a sus funciones, continuando por consiguiente con esta vida monótona, llena de tristeza que tanto nos abruma.

Las prevenciones conservadoras frente al cine coinciden con una situación real: en efecto, la «Imprenta del Líbano» estaba en venta por $15.000 que nunca pudieron reunir los liberales del pueblo. En cambio, el Cementerio Laico fue abierto al año siguiente gracias a la actividad de los librepensadores y los círculos más radicales del liberalismo, aunque en un lote prestado.

Hemos identificado a los «señores Jadet, Mustafá & Cª» como los ciudadanos David Jadet, originario de Trípoli en El Líbano asiático, y su pariente colombiano Mustafá Tatar Salomón, que desde los años 10 conformaron la compañía Jadet & Tatar para llevar cine y otros espectáculos a diversos pueblos del interior del país con El Líbano tolimense como base logística, pues allí había establecido el progenitor de Tatar su pequeño comercio de telas. Los socios habían traído de México un proyector portátil de 8 mm –tal vez Pathé– y un equipo eléctrico de dinamos y baterías.

La acusación de los conservadores contra el cine tenía pleno respaldo de la autoridad municipal, que en esa época era impuesta desde el alto gobierno contra la voluntad de las mayorías locales. Eso explica la queja que encabezó la edición de Cortafrío el 14 de febrero de 1914 bajo el título de Triste verdad y firmada por Gallinito, que revela cosas interesantes para la cinematografía del pueblo.

Más de dos años de lucha y de gastos para organizar y establecer una diversión decente y moralizadora en esta población, y todo en balde. La Empresa del cine, ¿qué gastos ha ahorrado por conseguir su mejoramiento? Ninguno; todas las dificultades han sido allanadas;

Y cuando esto sucede, el pueblo, la sociedad, deja a los empresarios sin el apoyo que necesitan que es tan insignificante; una entrada cada ocho días,

Por esto la empresa arriesga á suspender sus instructivas representaciones.

¿Estaba haciendo mella la advertencia pastoral entre los feligreses liberales? Es posible, porque el púlpito tenía enorme influencia como medio de comunicación incluso en un poblado de economía en ascenso con base en el café donde el grueso de sus gentes tenía con qué costearse la entrada a cine.

El comentarista confirma el carácter local que tenía la empresa cinematográfica, reitera la defensa del cine como manifestación cultural y evidencia que el cinematógrafo en El Líbano compartía escenarios con el circo:

Pero que vengan micos y maromas, las diversiones de los pueblos incivilizados y todos vamos y las familias que han dejado de ir a admirar las grandezas del Cinematógrafo, irán todas a llenar los palcos y a presenciar los estúpidos espectáculos, dignos de los salvajes.

Que venga cualquier Empresa forastera y a esa hay que apoyarla, porque el dinero va para otros pueblos. Triste es confesarlo; pero así es.

En medio de la insidia política y el ataque personal que ocupaban casi todas las columnas de la prensa parroquial, esa misma edición de Cortafrío incluye una fugaz crítica de cine atribuible a la pluma del director, Carlos H. Rodríguez:

Cine. Esta simpática compañía ha dado películas admirables como «El Proscenio» que es de un argumento muy fino y artísticamente confeccionado. Amor y dicha, parece que fuera en síntesis el drama. Pero no: el amor herido por la... [palabra ilegible] brutal acaba como acaban comúnmente los amores clandestinos, con la muerte. Es de sentirse que el pueblo y la sociedad no aprovechen las hermosas películas.

Como fue normal en esos años, El Proscenio y muchas otras cintas fueron víctimas de la censura en varias poblaciones o sufrieron cortes de los exhibidores que preferían mutilar una película para eludir la prohibición de proyectarla completa. El Cine Gráfico, publicación del Teatro Guzmán Berti de Cúcuta, decía en 1916 que esa compañía había tropezado con censores «de rigidez aguzada» pero había sacado del repertorio

...aquellas cintas que pudieran haber chocado con la honestidad y el decoro de la sociedad y del público: tal, por ejemplo, con las tituladas «Nuestra Señora de París», «Procenio» [sic], «En la senda del crimen», «Los primeros rastros de la edad», «La vida trágica», etc., que no exhibimos ni exhibiremos por la crudeza de algunas escenas.

La amenaza de censura que causaba temor en muchas partes era poco efectiva en municipios como El Líbano, en especial si provenía de la autoridad eclesiástica. Allí, por el contrario, las cintas eran recomendadas por las mentes amplias. Con las proyecciones estabilizadas desde 1917 gracias a la energía de pequeña hidroeléctrica cercana al pueblo, las funciones cinematográficas de la localidad merecieron reseñas en la prensa nacional especializada, en este caso la revista Películas, de los Di Doménico:

El cine en provincia. Líbano. «La sortija fatal» ha llenado el teatro de admiradores todas las noches de su exhibición. [Mayo 1919].

Líbano. «La doble aventura» con sus emocionantes episodios, mantuvo el público en tensión por algunos días. [Diciembre 1922].

Los amores de Quelif

Mientras en Colombia el cine estaba a punto de clausurar su capítulo silente, en El Líbano seguía tomando fuerza y alcanzaba su momento culminante en 1927 con la creación de la «Sociedad Filmadora del Tolima S.C.», organizada por el antioqueño Carlos Arturo Sanín Restrepo y varios socios locales. Entre ellos descolló el hacendado y comerciante Leonidas Arango Tamayo, homónimo casual de este cronista. Los bisoños productores acometieron la aventura de realizar una película de ficción.

La Filmadora del Tolima rodó Los amores de Quelif en 1928 con muy bajo presupuesto, ínfimos recursos técnicos, ningún actor profesional y sin pretensiones diferentes al beneficio económico.

Ha sido infructuosa la búsqueda de fotogramas y otros vestigios de la cinta, aparte de unos curiosos recortes pegados bajo el cabezote de El Avance fechado el 25 de febrero de 1928. Ocupa dos páginas en el álbum personal de Manuel Palacio, Volantín, un torero bufo de Medellín que se radicó en el pueblo desde 1924. En El Líbano se dedicó a reparar zapatos, a torear para causas benéficas y a marcar con humor corrosivo todo lo que desfiló frente a sus ojos.

El Avance fue editado por Sanín Restrepo durante los días del rodaje y debió ser un medio para crear expectativas sobre la película entre los vecinos de la localidad. La publicación fantaseaba desde los titulares: «Se filma la película sobre el nevado del Ruiz. Cada capa de nieve tiene más de 500 metros. Los artistas en escena cerca de la nieve. El operario toma varios aspectos de la cumbre nevada». Un fotograbado tiene la leyenda: «Manuel Palacio (Volantín). Intérprete del papel de Euclides en ‘Los Amores de Quelif’». Y bajo el título de «Cinco minutos con Volantín», una entrevista firmada por Jesús A. Men que por su méritos documentales vale la pena reproducir casi completa:

Volantín nos recibe en la calle [...] Nos hace una mueca y lo interrogamos: –¿Qué papel interpreta Usted en la película?
–Pues les he parecido muy propio para el papel de vieja. Yo creo que he debido nacer mujer y no hombre. Esto de representar una vieja hechicera, enclenque y jorobada, solo se le ocurre al autor de la obra.
–¿Usted ha trabajado en el cine alguna vez?
– Muchas veces he soñado en ese duro trabajo, pero hasta ahora me presento en la primera cinta que estamos interpretando. Gracias al papel que desempeño me creo el primero en la obra y el autor está orgulloso de mi presencia en el desarrollo del argumento. Todas las noches tengo diabluras de ensayo y hay veces que amanezco estudiando las muchas muecas y gestos que tengo que hacer. [...]
–¿Cuál es la escena más culminante que representa usted en el argumento?
–Todas. Todas son culminantes porque se trata de interpretar situaciones nerviosas. Ya le digo que yo no duermo pensando en brujerías y telarañas de pega, que sí las conozco muy bien. Pero me gusta más la escena que predice terremotos y volcanes en la vida de Valderrama, quiero decir del protagonista, pues como usted sabe, él está desempeñando ese importante papel.
–¿Ha tenido usted inclinaciones al arte?
– Muchas. Principié por ser torero bufo y ahora soy artista intérprete porque le gusté al Dr. Sanín quien me tiene gran desconfianza cuando demoro la cita del operario, que por poco me deja sin el papel y con la gana de hacerme popular aquí y en toda América. [...]
–¿Cómo le parecen los artistas?
–¡Admirables! Jipato lo hace muy bien y lo mismo la señorita Carlota Garay en el papel de trágica desde el principio de su trabajo. El Dr. Piñeros Suárez en el papel que desempeña no tiene rivalidad, Don Félix Pava, compañero del primero, es bastante hábil y don Ciano Arango, no obstante su conformación, se ha lucido. Resumiendo: Todos los que han trabajado hasta hoy le han puesto a sus papeles la mejor manera de interpretación, posesión y voluntad.
En este momento se presentan varios amigos e interrumpen nuestra entrevista de tránsito con el jocoso Volantín, a quien despedimos rápidamente.

Los amores de Quelif se estrenó en El Líbano en 1928 muy posiblemente en el Salón Olympia (después Teatro Colombia) y con música compuesta para la ocasión, el vals homónimo del maestro Francisco Alarcón que tal vez fue interpretado por un sexteto local. Las funciones tuvieron llenos totales, pues muchos habitantes de la población estuvieron vinculados a la realización del filme.

¿Ficha técnica?

Las informaciones conocidas tienden a coincidir en que la película no duraba más de una hora. Una posible ficha técnica reconstruida a partir de diversas fuentes tradicionales y escritas indica que la filmación se realizó con locaciones en El Líbano, Murillo y Manizales y que todos los actores eran personas residentes en el municipio:

Productor: Sociedad Filmadora del Tolima, S.C. Carlos Arturo Sanín Restrepo, con apoyo de capitales locales, entre ellos el de Leonidas Arango Tamayo y con posibles aportes de un ciudadano alemán vinculado al comercio del café.
Guión y dirección: Carlos Arturo Sanín Restrepo.
Protagonistas: (¿Luis?) Valderrama (¿como Quelif?); Carlota Jaramillo, esposa del coproductor Arango Tamayo; Carlota Garay Correa (como «trágica»); Dilia Arango.
Actores de reparto: Manuel Palacio, Volantín (en el papel de «vieja hechicera» tal vez llamada Euclides en la película); Joaquín Piñeros Suárez (un dentista de la plaza); Félix María Pava (fotógrafo y educador); Fabriciano (Ciano) Arango Jaramillo (comerciante); Germán Merino Visbal y el tegua Benjamín Marulanda (alias Cielito) en papeles de caciques indígenas; Jipato, tal vez un personaje típico del pueblo. Además: Luisa Garzón, Irene Loboguerrero, Alicia Vélez Treebilcock, Teresa Cárdenas, Gregorio Rojas, Horacio Echeverry Parra, Neftalí Larrarte y Rafael Calvo Vargas, entre muchos otros.

Ninguno de los testimonios recogidos por Fernando Morales con sobrevivientes de la película en la década de 1990 dio datos concretos sobre el argumento. Alberto Machado le contó que «era una parodia acerca de las amantes del general Simón Bolívar» donde se mezclaban episodios de la conquista y la independencia, entre ellos dos batallas con remedos de caballería, cañones de guadua y pólvora negra. «Eso no importaba –comenta Morales–. Había que mirar la taquilla... ¡Qué cuento de coordinación y evidencias!»

Sin embargo, el disparate no podía llegar a tanto. Hernando Salcedo Silva dedicó a Los amores de Quelif un párrafo en sus Crónicas que arroja luces más verosímiles sobre un posible argumento:

Y un curiosísimo descubrimiento, de acuerdo con la información del amigo Luis Enrique Nieto: Los amores de Kelif, realizada en Líbano, Tolima, por Arturo Sanín en 1928 y con los siguientes actores: Luis (?) Valderrama, Dilia Echeverri, Carlota Garay y Carlota Jaramillo. Al tratar de un príncipe (¿seguramente oriental?) en su opción entre dos bellas mujeres, al escoger una, la otra se suicida ahogándose en una laguna, parece de pura ascendencia «Rodolfo Valentino» y sus dos éxitos que todavía se exhibían por esos años, El Sheik y El hijo del Sheik. Entonces, dentro de la saludable descentralización del cine mudo nacional, debe anotarse la contribución tolimense con Los amores de Kelif.

Nadie recuerda las presuntas secuencias en las nieves del Ruiz, pero como fondo para los créditos de la película aparecía un telón pintado a mano con un paisaje de montañas nevadas.

Aventuremos una hipótesis: los productores no se limitaron a filmar Los amores de Quelif, sino que rodaron tomas para documentales a fin de completar el tiempo de proyección y como material para otras cintas futuras, entre ellas un desfile de extras vestidas de monjas que atravesaban un patio y escenas en la casa Las Brisas de doña Peregrina de Garzón. Alguien recuerda que la empresa reconstruyó la Batalla de Boyacá, en las cuales estuvo representado Bolívar, con locaciones en la «manga de Dagober» y en la vecina quebrada de Santa Rosa.

Tenemos viva la imagen del comerciante Benjamín Prieto, quien hizo el papel del Libertador y se resignó a cargar el glorioso apellido como sobrenombre por el resto de sus días. Bolívar no fue un personaje de Los amores de Quelif porque no lo mencionan la declaración directa de Volantín ni el informante de Salcedo Silva, como tampoco dan referencia alguna del actor Prieto.

Hay quienes atribuyen a la trama de Los amores de Quelif el delirio de un personaje que anunciaba «cómo será El Líbano dentro de cincuenta años» y a continuación se proyectaban escenas de las calles centrales de Berlín, lo que causaba hilaridad en los espectadores. Parece entonces tratarse de un corto montado con retazos de otros filmes, y aquí pudo haber un aporte del anónimo coproductor alemán.

Las proyecciones del filme obtuvieron burlas y algunos aplausos en los sitios donde se exhibió hasta cuando la única copia se quemó en la trashumancia por algún teatro de Antioquia. El accidente dio al traste con el solitario producto argumental de la Filmadora del Tolima y con la empresa misma.

¿Merecía esa suerte una «mala película de diversión», así fuera la más aldeana de las producciones de su momento en Colombia? Definitivamente no, porque fue la imagen de una concepción de la vida en su época y un testimonio del cine como artesanía. Los amores de Quelif fue una aventura aislada y tardía, realizada cuando el mundo comenzaba a mostrar síntomas de la recesión económica que iba a sacudirlo en 1929. Mientras que Buñuel y Dalí alistaban en París la filmación de Un perro andaluz, los audaces productores libanenses cerraban el ciclo de la ficción en el cine mudo nacional. Después de Los amores de Quelif vino una pausa de doce años hasta cuando Flores del Valle inauguró la época sonora para los filmes de argumento en Colombia.

Fuentes

Revistas:
Colecciones de prensa en la Hemeroteca Nacional, Bogotá.
El Cine Gráfico, Cúcuta.
Películas, Bogotá.
El Avance, El Líbano, 1928.

Libros:
Arango, Leonidas: Sociedad, cultura e imagen. Desolvidos del Líbano (T). Bogotá, 2005.
Morales, Fernando: Ticinco. 125 años de historia. El Líbano, 2004.
Palacio, Manuel (Volantín): Álbum personal. Casa de la Cultura, El Líbano.
Salcedo Silva, Hernando: Crónicas del cine colombiano 1897-1950. Bogotá, 1981.
Sánchez, Gonzalo: Los Bolcheviques del Líbano (T.) Bogotá, 1981.
Santa, Eduardo: Arrieros y fundadores. Bogotá, 1961.

Entrevistas:
Eduardo Santa, Gabriel A. Tatar Salomón, Hugo Velásquez Loboguerrero.

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